La experiencia de vivir un eclipse solar total desde un paraje como l'Albufera de València fue descrita como un privilegio por muchos de los asistentes. La belleza natural del entorno se vio realzada por la oscuridad inusual provocada por la interposición de la luna entre el sol y la tierra.
El acceso al lugar de observación presentó retos significativos. Las restricciones de tráfico impuestas para evitar aglomeraciones y proteger el bosque de la Devesa del Saler llevaron al corte de la carretera CV-500, limitando el acceso a vecinos y a aquellos que optaron por medios alternativos como la bicicleta, el autobús de la línea 25 o caminar largas distancias.
La Guardia Civil controló los accesos desde primera hora de la mañana para gestionar la presión viaria y evitar que los vehículos accedieran a zonas boscosas clave. Ante la dificultad para aparcar, muchos dejaron sus coches a kilómetros de distancia, como fue el caso de Adán Sánchez, un joven de Toledo residente en Catarroja, que caminó desde el cementerio del Palmar para llegar con su cámara.
Visitantes de orígenes diversos, incluyendo italianos, alemanes y franceses, soportaron el calor extremo, muchos armados con sombrillas y protección solar, convirtiendo la emergencia sanitaria por calor en una amenaza real. El transporte público se convirtió en un gran aliado, con numerosas personas utilizando la línea 25 desde el centro de València.
Nicole Medina, una usuaria del transporte público, destacó que, a pesar de que el autobús venía muy lleno, la mayoría de pasajeros se bajó antes, dejándola como única usuaria en la parada del embarcadero. Describió el acontecimiento como una oportunidad única en la vida.
Los asistentes, equipados con sombrillas, crema solar, agua y gafas especiales, aguantaron el sol intenso para no perder un sitio privilegiado en el embarcadero de la Gola de Pujol, un conocido punto para contemplar los atardeceres.
Las autoridades habían desaconsejado el traslado a l'Albufera por la previsión de congestión en las carreteras de regreso, anticipando una auténtica "ratonera". Sin embargo, muchos se arriesgaron al calor infernal para no perderse el acontecimiento.
Con el transporte público funcionando, la llegada fue escalonada. Algunos reservaron en restaurantes locales para garantizar aparcamiento, mientras que propietarios de apartamentos bajaron para ver el fenómeno desde tierra firme.
Antes del momento cumbre, muchos aprovecharon para disfrutar de las playas cercanas, comer en locales de restauración o incluso echar una siesta mientras esperaban. La mayor afluencia de público se produjo hacia las cinco de la tarde, amontonándose buscando sombra.
Dilia Guzmán, de Colombia, utilizó una cámara estenopeica artesanal hecha con una caja de zapatos, un método seguro que aprendió en la escuela para observar eclipses sin mirar directamente al sol.
La lectura de libros como '1984' de George Orwell, revistas de ciencia o ensayos de astronomía, junto con partidas de cartas y picnics, fueron las compañías de algunos de los asistentes que esperaban pacientes. Las neveras de playa ayudaron a hacer más llevadera la espera.
Hacia las 19:37 horas, con las primeras lentes especiales colocadas, el embarcadero ya estaba lleno. Barcas también tomaron posiciones en el lago salado. La familia francesa que trajo un telescopio expresó la emoción de vivir "el eclipse de nuestras vidas".
A las 20:33 horas, el momento culminante llegó. L'Albufera se oscureció, provocando gritos y aplausos entre los presentes. Leticia Gaudier, venida de Bélgica, describió la experiencia como "el eclipse de nuestras vidas", una vivencia emocionante para aquellos que eligieron este bello lugar de València.




